La esquiva unidad nacional: un Contraste Entre México, Canadá y Colombia

La esquiva unidad nacional: un Contraste Entre México, Canadá y Colombia

El comportamiento de las sociedades ante amenazas externas dice mucho sobre su cohesión y sentido de dignidad nacional. Mientras que en México y Canadá sus ciudadanos y sectores influyentes suelen cerrar filas en torno a sus presidentes cuando estos enfrentan presiones de Estados Unidos, en Colombia ocurre lo contrario: la fragmentación y la falta de respaldo interno debilitan cualquier posición de defensa soberana.


Así lo ha demostrado las reacciones ante la política de amenazas arancelarias y guerra económica que parece ser el arma de intimidación que el actual gobierno de Estados Unidos está implementando para buscar consolidar sus intereses internacionales. Aunque Gustavo Petro fue el primer presidente de la región en enfrentar estas tensiones, también fue el primero en lograr sortearlas satisfactoriamente, porque la amenaza arancelaria no fue más que eso, una amenaza que no llegó a materializarse.
Este pulso internacional tiene varias lecturas, pero una que parece pasar de agache entre muchos sectores influyentes de la sociedad colombiana, desde los grandes medios, la oposición política y hasta la clase empresarial, es que nuestro país puso de condicionante inamovible ante cualquier relación diplomática con Estados Unidos, la dignidad de nuestro pueblo y de sus ciudadanos.


Qué fácil es para algunos desestimar la dignidad, con qué facilidad la cuenta como una “locura”, un “descache”, o un “capricho” de quienes creemos que vale la pena pelear por ella, defenderla y promoverla. Sin ir más lejos, yo me elegí enarbolando la bandera de la vida digna para todos los colombianos, mal haría ahora sumarme al coro de voces que critican esta defensa como una salida en falso de nuestro presidente.
Las cosas como son: Petro exigió un trato digno para nuestros connacionales deportados, demandó que no fueran devueltos encadenados al país y que no fueran tratados como criminales, porque ser migrante -así sea en condición de indocumentado- nunca puede considerarse un crimen, sino un derecho humano, tal cual está escrito en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. Y lo consiguió, pues el gobierno velará por cumplir estas condiciones.  En respuesta, el presidente Donald Trump amenazó con aranceles del 25% al 50% a los productos colombianos (que no entraron en rigor), canceló la citas de las visas en la embajada (que ya se restablecieron) y retiró las visas al personal del Gobierno colombiano por menos de 24 horas.


Si bien creo que caben las críticas a Petro por las formas en que manejó esta confrontación, después de superado el impasse y ya calmadas las aguas, lo cierto es que ni nos impusieron sanciones ni se cerraron los canales diplomáticos con la potencia del norte, como demuestra la reciente reunión que hubo en la Casa de Nariño entre el Presidente Petro, su equipo diplomático y el el Encargado de Negocios de la Embajada de Estados Unidos en Colombia, John Mcnamara. Por eso no se entiende  que parte de la población nacional se halle en pie de lucha contra la defensa de la dignidad de los colombianos residentes en EE.UU. Se trata del mundo al revés.


Cosa contraria ha pasado en México, un país con fuerte sentido de la identidad nacional. Durante mi estancia allí en el segundo lustro de la década de los 80, cuando viajé para cursar mis estudios de especialización, percibí ese nacionalismo que a veces llega a ser exacerbado, rozando en el chauvinismo. Entonces Colombia sufría su peor momento en medio de la guerra contra el narcotráfico, los carteles eran los virtuales dueños del país, la violencia nos tenía viviendo con miedo y la corrupción financiada con los dineros de la droga campeaba. Esto ocasionaba que un colombiano en el exterior cargara un estigma que, aunque ha mermado, todavía hoy no nos hemos podido quitar.
Sufrí ese estigma en carne propia. En esos años supe lo que es ser un migrante, estar lejos de tu tierra y sufrir por ella prejuicios que hieren en lo profundo de la dignidad. Por eso no creo que sea menor la causa de defender a nuestros hermanos en el extranjero.


Afortunadamente con el tiempo me convertí en un embajador de lo positivo de mi país y logré forjar grandes amistades durante mis años de estudios. Desafortunadamente, varias décadas más tarde, México atraviesa hoy lo que entonces pasaba Colombia, y los mexicanos, en especial en Estados Unidos, cargan ese estigma de discriminación, esa asociación falsa con el crimen que retóricas como las de Trump alimentan en la sociedad norteamericana y en el mundo.


Sin embargo, ante los ataques verbales del presidente gringo y sus amenazas de aranceles, la sociedad mexicana ha reaccionado como lo ha hecho en otras ocasiones: con dignidad. Así se pueden interpretar las declaraciones de su presidente Claudia Sheinbaum, quien en posición similar a Colombia no cedió ante las pretensiones de Trump, y dejando la puerta abierta al diálogo, demandó el respeto que su país se merece. A diferencia que en Colombia, la mayoría de la sociedad mexicana respaldó esta postura de su presidenta, independientemente de si comulgan o no con su ideología política.


En Canadá sucede algo similar. Cuando Trump amenazó con imponer aranceles a los productos canadienses, la respuesta no fue la descalificación interna del liderazgo del país. Al contrario, sindicatos, empresarios y gremios cerraron filas en defensa de los intereses nacionales, comprendiendo que el ataque era contra todos y no solo contra su presidente. Ya en el pasado, los canadienses habían dado muestras de unidad nacional cuando se trata de lidiar con su vecino poderoso, como cuando en 1987 el presidente Brian Mulroney negoció el tratado de libre comercio con la administración de Ronald Reagan, un acuerdo que ha sido beneficioso tanto para Canadá como para los Estados Unidos, y que hoy quiere desconocer el actual presidente norteamericano a base de intimidación.
Tristemente en nuestro caso parece que ni un conflicto interno, como el que estamos viviendo en el Catatumbo, ni las amenazas externas de Estados Unidos, causan que prolifere un sentido de unidad nacional, sino por el contrario, prolifera es la deslegitimación del propio gobierno. Cuando el presidente Petro ha tomado posiciones valientes ante Washington, el ataque ha venido desde adentro, desde una sociedad que, lejos de defender su dignidad, se divide y prefiere pordebajearse a sí misma  para plegarse a las imposiciones que vengan del norte, por exageradas, desmedidas o inhumanas que estas sean.


Lo peor de todo es que pareciera que el sesgo político nos hubiera quitado el poder del raciocinio. Ya no es solo que se escojan bandos y que se prefiera defender a un presidente extranjero sobre el propio país, sin importar los improperios que este lance contra nosotros y contra nuestros hermanos latinoamericanos. Sino que algunas voces, consideradas “influyentes”, de esas que cada tanto aparecen en titulares de la gran prensa, han llegado al punto de sostener posiciones radicalmente opuestas y defenderlas vehementemente como verdad.


Este fenómeno, que George Orwell definió magistralmente en su novela 1984 como “doblepensar”, ha llevado a que se califique a Petro de apologeta de la dictadura de Nicolás Maduro, porque mantuvo las relaciones diplomáticas con Venezuela, algo obligatorio en nuestro caso pues compartimos frontera y de eso depende la vida de millones de colombianos; pero alaban a Trump como defensor de la democracia mientras callan ante la legitimación que el gobierno de este le dio al régimen de Maduro al enviar a una reunión bilateral a su enviado especial para América Latina, Richard Grenell.


Por estas cosas sostengo que la gran diferencia entre Colombia, México y Canadá  radica en la manera en que sus sociedades comprenden la dignidad y la soberanía. Mientras que México y Canadá han entendido que, ante las agresiones externas, la fortaleza radica en la unidad, Colombia sigue atrapada en una cultura de divisiones internas que la debilitan frente al mundo. Hasta que no asumamos una postura colectiva de defensa de nuestros intereses, seguiremos condenados a la irrelevancia geopolítica y a la sumisión ante los poderes externos.

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